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Jueves, 27 Julio 2017
21:39:11

Cuando una relación deja de ser virtual

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Cuando hablas con alguien por FaceTime, hay un pequeño recuadro con tu rostro en la esquina que provoca una conciencia de ti mismo que no sentirías durante una cita. Es como si sostuvieras un espejito frente a ti durante toda la conversación.

 

La otra persona te cuenta una anécdota, respondes y piensas: “No reacciones demasiado. Las arrugas del entrecejo se están haciendo más profundas. Quizá es hora de utilizar bótox, pero ¿qué tal si el bótox hace que los párpados estén caídos durante un mes? Y levanta más el teléfono, porque tienes papada. Oye, debería parecer que estás poniendo más atención”.

Después de charlar por FaceTime un par de meses con un chico al que había visto en persona solo cuatro veces, llegué a conocerlo muy bien, al igual que a mis nuevas arrugas. Charlamos tan a menudo y durante tanto tiempo que habría sido raro tener una cita con alguien más, así que terminamos por hacernos pareja. A través de FaceTime.

Después de todo, cuando estás dispuesta a tener el brazo a la altura del rostro durante cinco horas todas las noches para asegurarte de que no se vea tu papada, la cosa va en serio. Ejercité esos tríceps por él.

Estuvimos así durante tres meses hasta que Nick finalmente voló de Londres a Los Ángeles para visitarme. No fue fácil para Nick porque no le gusta viajar; no le gusta quedarse con otras personas (yo tenía tres compañeros de habitación y a él le preocupaba la “situación del baño”), y no le gustan los cambios. Pero yo le gustaba y le encantaba la idea de estar en Los Ángeles. Así que ignoró todas sus preocupaciones y reservó un vuelo.

Entonces, Cat, la compañera de habitación que más me apoyaba, me hizo una pregunta mordaz: “¿Y si es malo en la cama?”.

No lo había pensado. Es decir, sí lo había hecho pero no seriamente.

Era verdad que ni siquiera nos habíamos tomado de la mano. Cuando estuve en Londres, pasábamos el rato platónicamente. Pero a través de todas las horas que conversamos por FaceTime, habíamos establecido una conexión. En siete años de vivir en Los Ángeles, no había forjado ese tipo de conexión con nadie.

En Los Ángeles se practica una cultura de ligar primero y jamás hacer preguntas. Nadie se muda aquí para comenzar una familia. Los Ángeles es donde terminas si crees que eres la persona más graciosa, más sensual o más encantadora de tu ciudad y crees que todo el mundo necesita conocerte. La ciudad es básicamente una colección de los ególatras más grandes de cada población.

Y yo estaba en todas las aplicaciones de citas intentando conocerlos, lo cual hizo que mi situación pareciera que no tenía remedio. Tenía a miles de hombres al alcance de mis dedos, pero nada de eso me impresionaba.

Cuando estaba en Tinder, una noche le pregunté a Cat: “¿En cuántos años debo fijar la edad mínima para que dejen de salirme los DJ?”.

“¿Treinta y siete?”, sugirió.

“No, me siguen saliendo”.

Me inscribí a Match.com porque tenía un descuento de Groupon. Quería enamorarme, pero no quería pagar más de 14 dólares para hacerlo. Y conforme salían más y más aplicaciones, las descargué todas. En la aplicación de Coffee Meets Bagel, te dan una coincidencia al día para obligarte a escoger detenidamente a la persona. Pero en mi caso, seguía conociendo a chicos que no valían la pena y solo me estaba haciendo una amargada.

Ya que mis amigos estaban en la misma situación que yo, varados en una isla desierta sin poder regresar al agua (eso te pasa en Los Ángeles), le pedí a mi terapeuta que opinara. No tenía dinero, pero California me brindaba servicios de salud, incluida la terapia.

De la lista de terapeutas que me habían dado, solo una mujer ucraniana estaba disponible. Aunque me agradaba mucho, ella no mostraba mucha empatía hacia mí. Le dije que el agua caliente se seguía acabando en nuestro apartamento y ella respondió: “Es sorprendente de lo que se quejan ustedes, los estadounidenses”. Y cuando mencioné que tenía problemas para establecer límites, me dijo: “También Rusia”.

Así que en realidad no me sorprendió que no reaccionara cuando le dije que había salido con un chico durante meses, pero que no nos habíamos besado aún. “No vemos a otras personas”, le expliqué. “Parece que es algo bastante serio. Vendrá a visitarme, pero aún no nos hemos besado”.

“Entonces, bésalo cuando venga a Los Ángeles”, dijo. (No estaba tomando notas). “Considera el matrimonio de tus padres. Fue algo arreglado, y aunque tu mamá era una niña…”.

“¿Qué?”.

“Dijiste que el matrimonio de tus padres fue arreglado”.

“Así es, pero mi mamá tenía 23 años. ¿Creías que se había casado de niña?”.

“Pues dijiste que eres de Egipto…”.

Y yo que creía que yo la estereotipaba a ella. Pero su punto era interesante. Mis padres habían acordado pasar juntos el resto de su vida cuando en realidad no se conocían en absoluto. Mi padre estaba viviendo en Brooklyn y decidió que estaba listo para casarse, así que llamó a su familia en Egipto, lo cual era toda una hazaña en los años setenta.

Logró comunicarse con ellos y les dijo que estaba listo para casarse. Estaban emocionados y divulgaron entre su comunidad la noticia de que su hijo profesionista en Estados Unidos estaba buscando una esposa. ¿Alguien se apuntaba?

Algunas mujeres mostraron interés, así que mi padre tomó un vuelo, las conoció, creyó que una era linda y le pidió que se casaran. Tres días después, lo hicieron. Sin más. Fue suficiente que compartieran la misma religión y cultura, así como que fueran parte de la misma comunidad.

Ese es el problema actual con las citas. También nos hace felices no pensar demasiado respecto a nuestras relaciones, pero a la inversa. Tenemos tantas opciones que desechamos a las personas con tan solo tocar una pantalla. Rechazamos a potenciales almas gemelas en solo segundos y, después de beber tres copas de vino con nuestros mejores amigos, lloramos porque no hay nadie disponible.

Ese fue mi caso durante siete años, hasta que por fin conocí a alguien que valía la pena. ¿Qué importaba si no nos habíamos besado? Teníamos una conexión, que era mucho más importante. Estaba segura de que no había nada de qué preocuparse.

Y así fue. Todo estaba bien en ese aspecto. En realidad, lo que debía haberme preocupado eran ciertos detalles de locura como el que resultáramos polos opuestos en cuanto a la manera en que lidiamos con todo en la vida.

Sucedió lo mismo con mis padres, pero ellos ya estaban unidos ante la ley cuando se dieron cuenta de que no eran compatibles. Con ellos, una simple pregunta acerca de si los huevos deben hacerse revueltos o estrellados puede convertirse en una pelea tan grande que incluso Donald Trump y Kim Jong-un dirían: “¡Oigan, cálmense!”.

Ahora Nick y yo estamos comprometidos. Comenzamos a planear una boda, pero nos dimos cuenta de que nuestras pequeñas diferencias se estaban convirtiendo en asuntos verdaderamente importantes. Cuando yo dejo un cajón abierto en la cocina, él suspira tan fuerte que parecería que hubiera dejado a nuestro bebé en el techo del auto y después hubiera arrancado como si nada.

Y para él ese era el problema: el cajón representaba al tipo de persona que dejaría a un bebé en el techo del auto. Además, mis deudas eran un problema que él no deseaba asumir. Los problemas que yo ignoraba felizmente a él le provocaban ataques de pánico.

Enfrentamos la vida de manera distinta, gastamos el dinero de manera distinta, en la mañana despertamos de manera distinta. Así que pospusimos la boda y decidimos asistir a terapia de pareja. Después de cerca de ocho sesiones, nuestro terapeuta de pareja miró a Nick y le dijo: “Ella no va a cambiar”.

Después, el terapeuta volteó a verme y me preguntó: “¿Dónde están tus límites?”.

Respondí: “Ya sé, Rusia y yo tenemos el mismo problema”.

Después vio a Nick de nuevo y dijo: “Si sigues reprochándole la manera en que vive su vida, no veo cómo podría funcionar su relación y no veo motivos para agendar otra sesión”.

Y con esas palabras, nuestro terapeuta terminó con nosotros.

“¿Y ese tipo qué sabe?, dijo Nick más tarde. “Solo es la opinión costosa de un hombre”.

Estuve de acuerdo y ambos nos unimos en nuestra rebeldía.

Por lo menos en un aspecto fue más fácil para mis padres. No tuvieron que preguntarse si estaban haciendo lo correcto. No fueron a terapia de pareja ni reflexionaron acerca de sus decisiones de vida o su relación. Estaban unidos ante la ley. Pero también ante Dios y, lo peor, ante la presión social, así que simplemente siguieron juntos.

Le pedí a mi terapeuta ucraniana que opinara al respecto. Ni siquiera levantó la mirada de su celular cuando me dijo: “Solo los tontos se casan por amor”.

Probablemente tiene razón. Si nos casamos, no será por amor. Será por lo mucho que aguantamos y nos ejercitamos como pareja hasta desarrollar enormes músculos a partir de todas las veces en que nos apoyamos.

 
 
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